13 oct 2008

REMEDIOS CONTRA EL CAMBIO CLIMÁTICO

La edición de hoy del diario El Mundo recoge un conjunto de propuestas pretendidamente científicas, aunque mucho más relacionadas con la ficción que con la ciencia, para mitigar el calentamiento global que sufre el planeta. Algunas de ellas son secundadas por investigadores de renombre. Otras son sencillamente una sandez. En cualquier caso ninguna propone el paso imprescindible de reducir las emisiones de CO2 de orígen antrópico, principal causa del actual cambio climático que experimenta el planeta. Son éstas:

Hacer proliferar las algas marinas

Autor: James Lovelock, padre de la teoría Gaia, que considera al planeta como un sistema capaz de autorregularse, y Chris Rapley.

Idea: Llenar los mares con tubos huecos de unos 200 metros de longitud. En su base habría grandes válvulas capaces de empujar hacia arriba las aguas de las profundidades, ricas en nutrientes.

Objetivo: Alterar el ecosistema marino para que se multiplique la población de algas que, a su vez, absorberían el CO2 que le sobra a la atmósfera y, además, provocarían de forma indirecta la creación de más nubes, con un efecto refrigerador.

A favor: La idea se publicó en la revista científica 'Nature' en septiembre de 2007. Y se apoyaba en «la capacidad de la Tierra para curarse a sí misma», según escribieron los autores.

En contra: Un mes después, expertos del Centro Nacional de Oceanografía de Southampton, Reino Unido, contestaban en la misma revista: «Este escenario acarrearía aguas con mayores niveles de CO2 natural (asociado a los nutrientes) en la superficie, causando potencialmente la emisión del gas tóxico CO».

Reducir la radiación solar

Autor: el astrónomo Roger Angel.

Idea: Uno de los proyectos más ambiciosos en este campo sería la construcción de una red de billones de lentes reflectantes, de unos 60 centímetros de diámetro cada una.

Objetivo: Desviar desde el espacio la radiación solar.

En contra: El desafío es tecnológicamente inalcanzable hoy en día, y mucho más costoso que la transición a una economía sin combustibles fósiles.

Una propuesta análoga sería colocar sobre las aguas o en los desiertos discos blancos de plástico o gomaespuma, con la idéntica finalidad de repeler la luz del Sol.

Echar sal al aire

Autor: John Latham, catedrático emérito de la Universidad de Manchester.

Idea: Aumentar la reflectividad de las nubes evaporando el agua de los océanos.

Objetivo: Así se inyectaría la sal que contiene en la atmósfera, lo que evitaría parte de la radiación solar, retrasaría las lloviznas y haría que las nubes duraran más.

A favor: La idea se basa en modelos computacionales.

En contra: La solución no duraría más que unas semanas, por lo que se requeriría una flota de barcos especiales salinizando constantemente la atmósfera.

Inyectar azufre en la atmósfera

Autor: Científicos como el Nobel de Química Paul Crutzen.

Idea: Inyectar toneladas de partículas de azufre o dióxido sulfúrico en la atmósfera. Cientos de aviones o globos se encargarían de la tarea.

Objetivo: Aumentar el índice de reflectividad de la atmósfera y reducir, por tanto, la radiación que nos llega.

En contra: Un reciente estudio del Centro Nacional para la Investigación Atmosférica (NCAR), publicado en la revista científica 'Science', determinó que la medida causaría daños irreversibles en la capa de ozono, lo cual permitiría el paso de una mayor cantidad de radiación ultravioleta, dañina para la vida.

Fertilizar el mar con hierro

Autor: Empresas como Planktos. Es una de las propuestas que más repulsa han levantado por implicar fines comerciales.

Idea: Fertilizar los mares con partículas de hierro.

Objetivo: Multiplicar la cantidad de fitoplancton presente en el agua, generando una explosión de vida vegetal marina, que absorbería más CO2.

A favor: Su aplicación puede ser inmediata y poco costosa.

En contra: Se podría alterar la circulación del hierro en los océanos. Planktos ha intentado probar la técnica en las Islas Galápagos, en Ecuador y en las islas Canarias, pero la iniciativa chocó con la condena de expertos y ecologistas. Según Greenpeace, «el Convenio de Londres ha mostrado su preocupación por los efectos negativos que podría tener y ha recomendado que no se lleve a cabo».

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