29 sept. 2013

LOS OJOS DEL BOSQUE ARTICO


Desde la media altura de la espesura del bosque boreal, sabedor de su condición de invisible gracias al mimetismo de su librea, este majestuoso cárabo lapón (Strix nebulosa) aprovecha el instante preciso de la medianoche en el ártico, cuando el sol no alcanza a ponerse, para salir de cacería.

Desde un infortunado leming hasta una liebre nórdica, la despensa esta abierta de par en par para el gran cazador de la espesura. Y ese instante de naturaleza salvaje, ese preciso momento en el que el árbol se le hace pájaro a uno y se le echa encima, con las garras por delante, es de tan trágica sorpresa que, en opinión de algunos etólogos, la pobre presa muere en la mayoría de los casos de un ataque al corazón, presa del pánico, atrapada entre las garras del gran señor de la noche ártica.


En la cultura sami, los pastores de renos que pueblan los bosques de abedules que se extienden más allá del círculo polar ártico, el cárabo lapón es una criatura venerada. Protagonista de cuentos y leyendas desde Rusia a Escandinavia, esta rapaz nocturna, que puede llegar a superar en tamaño a nuestro búho real pese a vivir en la espesura del bosque, posee uno de los diseños faciales más sobrecogedores entre las aves. Esos círculos concéntricos que se cierran en torno a sus abultados ojos, de un fulgurante amarillo chillón, dan a su faz un aspecto imponente.


Su carácter discreto y sus hábitos nocturnos hacen difícil establecer su situación poblacional, aunque las guías de aves finlandesas clasifican al lapinpöllö como especie amenazada. Y es precisamente allí, en los bosques finlandeses de coníferas, donde la rapaz tiene su principal área de distribución, que se extiende a ambos lados hacia las grandes estepas rusas y el noreste de Suecia. 

Si alguna vez tienes la fortuna de visitar aquellos territorios del Gran Norte, por los que tantas veces he tenido la suerte de transitar en memorables jornadas de campo junto a mi querido amigo Jukka “Paco” Halonnen, no dejes de prestar atención a las ramas altas de los abedules, tal vez le veas los ojos al bosque. Y no lo olvidarás. Te lo aseguro.

(Artículo publicado en la revista Integral en febrero de 1998)

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