17 feb. 2008

LA AGONIA DEL ALMENDRO

El paisaje se muere de sed, y en el campo nada ni nadie se libra de los rigores de este invierno marchito en una de las peores sequías que vive Cataluña desde hace años.

Los arbustos languidecen en el monte bajo y se han detenido abruptamente buena parte de los procesos de germinación en los bosques de ribera. Los hayedos y los castañares, más grises y desnudos que nunca, crujen al pasearlos como nunca habían hecho por estas fechas, mientras que en las cumbres la ausencia de aguanieve y el sol de invierno están convirtiendo en rastrojos los prados antes frescos.

Pero en los campos la situación es aún peor. Aquí nadie atiende ya a los lamentos de los payeses pero deberíamos empezar a aceptar que su suerte es también la nuestra. En ese sentido, las polvaredas que levanta el viento en los trigales, que aparecen cuarteados y resecos cuando deberían estar ya aterciopelados de verde, son el peor presagio.

A las gentes del campo se les presenta un año duro. Otro más. En algunas comarcas el invierno apenas esta siendo la mitad de lluvioso que el año pasado, que ya fue muy seco, y ese es el principal indicador del cambio climático: la recurrencia. Como resultado, gran parte de las cosechas se han arruinado y las previsiones amenazan al resto. Porque es muy posible que el agua, cuando llegue, lo haga tarde y mal. Definitivamente, este país ya no sabe llover.

El almendro vive en Cataluña desde antiguo y es uno de los referentes paisajísticos y culturales más importantes que tenemos en el territorio. Se trata de árboles modestos y desairados, con un porte envejecido, pero que sin embargo nos van marcando el pulso de las estaciones a lo largo del año: florecer, brotar, fructificar y madurar antes de soltar hoja y echarse a dormir. Ese es el calendario del almendro y del campo mediterráneo.

Pero la sequía amenaza con arrancarle varias hojas al almanaque. Porque los almendros se están muriendo a centenares. En la mayor parte de las comarcas dos terceras partes de las almendras no han llegado a crecer por falta de agua. En la Terra Alta ya es la cuarta cosecha consecutiva que se va al traste. Pero lo peor es que la mayoría de los árboles han dicho basta. Ya no pueden más.

En la comarca de Les Garrigues, los agricultores, hartos ya de estar hartos, anuncian que van a arrancar los pies resecos para plantar pistachos, pues son capaces de vivir con menos agua y pueden adaptarse mejor a los rigores climáticos que se avecinan. Desde que se arrancan los almendros hasta que crecen los pistachos pueden pasar diez años. Una década con los campos desnudos, convertidos en barbechos improductivos, en un inmenso cementerio de la memoria a la espera de que lleguen los otros, los pistachos. Pero ya no será lo mismo.

La memoria me devuelve constantemente el aroma de almendras secándose en la cámara de la casa familiar, en un pueblo humilde de la comarca de Requena. Mi tío José, luchador libertario que peleó en el Ebro hasta caer herido en defensa de su dignidad y la nuestra, me llevaba a los campos a varear almendras cuando apenas era un niño.

Allí, bajo los árboles recién descargados, mientras los hombres desayunaban en la casa de labranza, observé mis primeras faunas y me fui volviendo adicto al aire libre. Y así es como cada año por estas fechas, coincidiendo con el final de la cosecha, recuerdo aquellas mañanas de campo con sabor a turrón sin miel, que es el sabor de la almendra.

El calentamiento global no solo amenaza con cambiarnos el paisaje, también puede llevarse las mejores páginas de nuestras memorias. El adiós de los almendros es tan solo un síntoma más, pero al naturalista le duele en el alma, aunque nos queden los pistachos.

José Luis Gallego
Publicat a “El Periódico de Cataluña”

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