6 mar. 2018

UN PASEO CON LABORDETA




(Reportaje publicado en el número de diciembre de 1998 de la revista Integral)


PASEOS CON... JOSÉ ANTONIO LABORDETA


Cuando pensé en Labordeta para compartir con nuestros lectores este primer paseo tracé un imaginario círculo sobre el mapa de Aragón. Porque Labordeta es, por encima de todo, aragonés. Desde las cumbres nevadas del Pirineo hasta las tierras bajas de la plana turolense. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando me citó en Galicia, a orillas del Miño, en las Rias Baixas: “Esta es una tierra mágica”, me dijo por teléfono.

Nos citamos en Tomiño, cerca de Tuy y al encontrarme con él y ver el reflejo del verde en su mirada entendí la cita. Un bajo aragonés en el Miño sufre un atropello de sensaciones olorosas y húmedas que contrastan con el paisaje de su memoria.

LABORDETA: Yo pertenezco a una tierra dura, dramática y muy épica: mis raíces están en Belchite. Una tierra pobre, esteparia y de clima riguroso donde apenas hay árboles ni frutos y pasear por lugares como éste hace que uno la quiera como se quiere al hijo que ha nacido con problemas: con más cariño a que los demás. Por eso yo amo tanto a Aragón y cuando piso estos prados verdes, se apodera de mí una gran envidia y me acuerdo mucho de mis paisanos.

Desde Tuy a Caldelas, pasando por Vide y As Neves: tierra blanda y olor a leña mojada y a pan y a vino. La  figura de Labordeta  (con su zurrón, su garrote y su gabán) se hace al terreno, se agazapa hasta co-fundirse con los paisanos, que reconocen su televisiva silueta y le paran por la calle, le dan conversación, y le agradecen el programa. Asisto a varias de estas calurosas muestras de afecto. Labordeta pellizca la mejilla sonrosada de una niña que se ha acercado a darle la mano

LABORDETA: Las gentes de esta tierra son melancólicas, sobrias, llenas de misterio y de dudas. Siguen el pulso de las estaciones, que aquí dejan mucha niebla y mucha lluvia. Un día como hoy es una fiesta (luce un sol espléndido en todo el Bajo Miño). Luego está esa reverencia por lo oculto, por los muertos. Aquí te quedas sorprendido de ver como al lado del tingladillo donde toca la orquesta en verano está el cementerio, limpio y ordenado. El muerto está en la plaza mayor de los pueblos, asistiendo a todos los actos.
  
Bajamos al río y caminamos su orilla limpia. Vuelan unas garzas. Los prados están mojados de escarcha y el verde aquí es fluorescente. Paramos bajo un castaño donde los chiquillos juntan frutos. La platica alcanza pronto tonos de crítica. Es Labordeta. Me señala río arriba, hacía Porriño, donde empiezan a ceder los verdes. 

LABORDETA:  El avance brutal de la especulación amenaza esta comarca. Aquí cerca, río arriba, en la zona de Frieras, está la última presa y ahora se están planteando hacer otra aún más abajo, con lo cual toda la gente que vivía del Miño se va a ver más afectada aún. Los pescadores de angulas, de lampreas, están en peligro. Sus palabras, sus modos, los útiles de trampeo (los pescos, que eran unas piedras que se ponían para capturar a las anguilas), la cultura del río en definitiva va a desaparecer si no hacemos algo para impedirlo.

Pero aquí abajo, en Candelas, famosa por sus baños termales y por su escuela: O Pelouro, el río se abre formando una playa (dicen que en este pasillo aterrizó Lindbergh) y Labordeta entretiene la mirada ralentizando la palabra. Hay un viejo pescador sentado en una cesta de mimbre que mira al agua desde la punta de la caña y una aldeana pasa por el camino de tierra portando un fardo de hierba en la cabeza. 

LABORDETA: Los oficios y tareas vinculadas a la tierra también están en peligro de extinción. Este país ha abandonado demasiado pronto el campo. Con la desaparición de las labores se está rompiendo un ciclo de conocimiento cultural, y yo me pregunto ¿qué pasará si un día viene una crisis universal energética y económica, quién nos enseñará los oficios?, ¿quien sabrá hacer carbón de leña, quien hará de molinero?. El camino de regreso hacia la autogestión se haría entonces muy duro.

Paramos en un viejo figón del camino. Aquí el vino de taberna es blanco. Un rosales bien frío. Labordeta se quita la gorra y suelta labia. Es un privilegio charlar con este viejo profesor de historia, cantante de las libertades y observador crítico de la realidad.

LABORDETA: A mi tierra le han arrancado el paisaje a golpe de insensatez. Nos han cubierto el cielo de cables de alta tensión, se han cargado el Pirineo, ahora se quieren cargar Riglos. Tenemos un futuro amargo en ese aspecto. Los cambios sociales son de vaivén pero los cambios en el paisaje permanecen. Todas las esperanzas están depositadas ahora en la gente joven que reacciona defendiendo sus esencias, sus rasgos propios, los valores que despreció mi generación. Mujeres y hombres muy preparados, que han recuperado el diálogo con nuestros mayores y que le están echando un pulso serio a las multinacionales.

Llegan los grelos. Y después de los cafés y el chascarrillo, la despedida. Tomo un taxi que es un milquinientos blanco y me alejo de Labordeta y de sus Rias Baixas. Porque este hombre, efectivamente, es universal.  JOSE LUIS GALLEGO.

RETRATO

Nací en Zaragoza en el año 1935, en el seno de una familia pequeño-burguesa e ilustrada. En mi casa igual se leía a Virgilio que a Lautremont. Tuve una infancia secretuda. No fui buen estudiante pero sí buen amigo de mis amigos. Escribí versos y el franquismo me puso la cara seria hasta tal punto que, durante unos años, olvidé el reirme. Tan tarde empecé que ahora mi risa es un rictus un tanto conejil.

Un día me puse a Cantar convencido de que ése no era mi oficio. Oficié en Andalán. Ahora sólo me produce intranquilidad el fax. Lo demás, a mi edad, ya casi lo tengo todo controlado, menos la vida, naturalmente.



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