14 oct. 2015

HISTORIA DE UNA SABINA

Con motivo de mi nombramiento como Ingeniero de Montes de Honor, la Escuela de Montes de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) me invitó el pasado viernes a plantar un árbol en el arboreto de la finca que ocupan sus instalaciones en la Ciudad Universitaria de Madrid.

Elegí una sabina (Juniperus thurifera). Y lo hice porque es uno de mis árboles preferidos y por rendir homenaje a dos amigos que ya no están entre nosotros. Dos Carlos. Dos Carlos de Aguilera: padre e hijo.

Recuerdo con mucha emoción mis paseos con Carlos de Aguilera Cirugeda, gran ingeniero de montes, hijo de Carlos de Aguilera Salvetti (mi entrañable jefe de campamentos, gran divulgador ambiental, recientemente fallecido) por los páramos de Montejo de la Vega, en el actual Parque Natural de las Hoces del Riaza.

Carlos Jr. es una de las mejores personas que he conocido en mi vida. Noble, bueno, todo corazón. Pero además era mi botánico de cabecera. A él consultaba todas mis dudas sobre los árboles, por los que ambos sentíamos auténtica pasión, y de él aprendí lo poco que sé de ellos.

Fue en aquellos paseos botánicos cuando me enamoré de las sabinas: árbol elegante y esbelto, de una elegancia sobria, casi románica, como una escultura vegetal. Carlos Jr. se fue hace muchos años en un accidente de coche. Su sonrisa juvenil sigue anclada en mi memoria. Carlos padre partió a su encuentro hace poco, sus cenizas fueron esparcidas en Montejo. Es posible que sirvan de alimento a las sabinas.

Espero algún día poder descansar bajo su sombra y leer algún poema que me hable de la amistad entre los hombres y los árboles. Esa sabina en el arboreto de Montes es un homenaje a ambos.




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