16 jun. 2008

AGUA DE LAVANDA

Los paisajes olfativos son mucho menos efímeros que los visuales. Uno puede no acordarse de cómo eran los árboles de la ribera pero recordará siempre el olor del río.

Esta tarde ha llovido en el campo. Son, estas lluvias de junio, como agua de colonia y salir a pasear tras la tormenta es caer en una embriaguez de aromas de naturaleza. Hay olores que asocias a un recuerdo, a un instante preciso anclado en la memoria. Son instantes que solo emergen al acicate de una nota olfativa.

En mi caso el viaje de esta tarde de lluvia a un verano de hace más de treinta años me lo ha pagado una flor de lavanda, una flor empapada de agua limpia. Yo era un niño y acompañaba a mi abuela a por leche a la granja del pueblo. Al cruzar la riera arrancó una flor de lavanda y me la metió en el bolsillo. Esa noche me dormí oliéndola.

Mi abuela me enseñó a amar el campo, y esta tarde me la ha devuelto el agua de la lavanda.

José Luis GALLEGO
(Publicado en la revista INTEGRAL)

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